• Vicente

Barco Mundial de la Juventud.


Esta experiencia no empieza como la mayoría, buscando vuelos de avión baratos, emitiendo visas o llenando formatos para poder visitar algún lugar; esta experiencia empieza en la sala de mi casa, grabando un video a unas horas de cerrar la convocatoria para una experiencia, que, no sabía, me iba a cambiar la vida.

Meses después, con horas de trabajo acumulado, desvelos incluidos y una que otra cerveza compartida, un grupo de 11 personas, emprendimos un viaje que sería un parte aguas en nuestro desarrollo personal. Ahí estábamos en el aeropuerto de la Ciudad de México un 11 de enero, con nuestras maletas cargadas y un mundo de ilusiones, listos para representar a México en el Barco Mundial de la Juventud; un programa auspiciado por el gobierno japonés que busca generar entendimiento mutuo entre las Naciones, una experiencia que nos permitiría convivir, hacer nuevas amistades y compartir un poco de nuestro México con 230 jóvenes de 10 países diferentes.

Después de un largo viaje que incluyó la pérdida de la conexión en San Francisco, llegamos al aeropuerto de Narita, Japón, a eso de las 3 de la mañana, ninguno de nosotros había ido a ese lugar antes, por lo que decidimos llegar al hotel, aventar nuestras maletas y salir a recorrer el mercado de subasta de atún, el cual, para seguir con nuestra “buena suerte” del día, estaba cerrado. Fue la primera noche del otro lado del mundo, con un frío que calaba hasta los huesos; para consolar nuestro día perdido en San francisco y la decepción del mercado cerrado, decidimos comer una sopa caliente en un restaurante del mercado callejero donde estábamos, nada más y nada menos que en Tokyo.

Al día siguiente se iniciaron las actividades del programa, todavía algo muy incierto, un evento de inauguración y nuestra primera convivencia con las demás delegaciones, inmediatamente después, subimos a un camión para dirigirnos a la primera actividad realmente impactante: vivir con una familia japonesa un par de días. Después de viajar algunas horas en tren bala y otras tantas en autobús, llegamos a una escuela en la prefectura de Shiga, la que tiene el lago más grande de Japón, ubicada en el centro del país, donde la gente, siempre amable siguiendo el estilo japonés nos recibió con mucho entusiasmo y alegría, pude tener una nueva mamá y un nuevo papá oriental, que me llenaron de cariño durante mi estancia con ellos, como si fuera parte de la familia prepararon una cena de año nuevo especial para mi, me llevaron de paseo a Kyoto y a un par de templos y castillos representativos del país y me invitaron a uno de esos clásicos sushis donde la comida da vueltas a tu alrededor y puedes consumir lo que más te guste.

Hasta este momento, la experiencia había sido satisfactoria, teniendo varios choques culturales, entre los más interesantes, la manera en la que se mueve el transporte público, donde impera el orden de los trenes y de la gente, donde los policías son amables y buscan no tener ningún error en su trabajo, fue una representación literal de estar del otro lado del mundo, con tradiciones y actitudes que me sacaron de la realidad que vivo en México, donde nos empujamos, nos gritamos y golpeamos, y donde los policías generalmente esperan la hora de la salida antes de la hora de cumplir con su deber de proteger al ciudadano; en fin, con todo esto en mente, regresamos a Tokyo renovados por la calidez de la gente con la que tuvimos contacto.

Siguiendo la costumbre rígida, como parte del programa, estuvimos teniendo cursos, conferencias y talleres todos los días con una apretada agenda en el complejo que funcionó como villa olímpica en 1964, fue uno de los retos más grandes para mí, pues estaba en Japón, encerrado en un complejo viejo y frío, sin oportunidad de salir, pero en fin, parte del programa que no podíamos hacer a un lado.

Gracias al apoyo de la delegación con la que fui, tuve la oportunidad de ser elegido para conocer a Shinzo Abe, Primer Ministro de Japón, con quien tuve la oportunidad de estrechar la mano e intercambiar algunas palabras, pero lo más importante fue darme cuenta la seriedad que toman los japoneses a eventos protocolarios y a la relación con los otros países, demostrando su actitud amable y de servicio en todo momento.

Tras 15 días de estar en Tokyo, llegó el momento de viajar al puerto de Yokohama, donde abordaríamos el barco y tendríamos la oportunidad de conocer y convivir realmente con las demás delegaciones, tuvimos talleres, conferencias, mesas de trabajo y visitas institucionales a los países visitados (Singapur, India y Sri Lanka), logré entender un poco más sobre el Islam y romper los estereotipos de Emiratos árabes Unidos y del Reino de Bahrein, logré comprender al respecto de las problemáticas sociales en la India, la amabilidad y hospitalidad de Sri Lanka, el entendimiento y variedad de culturas de Australia y Nueva Zelanda, el espíritu latino de los chilenos, la peculiaridad de la gigantesca y variada Rusia, el candor y el humor de África, representado por Tanzania, pero más importante, logré entender el dicho que nos encanta como mexicanos, que dice que no eres más patriota que en tierra ajena. Compartí lo bueno y malo del país desde mi perspectiva, realizamos un flashmob representando la problemática social de los normalistas, bailamos un jarabe tapatío, hicimos una ofrenda y pusimos nombres en español a casi todos los participantes.

Cabe resaltar, que nunca antes había tenido la oportunidad de viajar (y menos en esas condiciones tan diversas) y logré darme cuenta que a pesar de la diferencia de creencias, de aprendizajes y de perspectiva sobre la vida, los seres humanos sentimos igual en todas las latitudes, expresamos el cariño y la alegría de la misma forma, nos reímos prácticamente de las mismas cosas, nos preocupamos por el otro y nos esperanzamos por un mejor mañana, sin duda, esta experiencia me abre los ojos a pensar que existe el entendimiento mutuo, el respeto y alegría por la vida y, por supuesto, rompió todos mis esquemas, reafirmando que viajar y conocer otras formas de pensar, rompen de a poco nuestra burbuja donde creemos que lo conocemos todo.

No basta intentar salir de la zona de confort, sino adentrarse realmente en otras culturas, conocer de ellas, comer con las manos, enchilarse con hierbas raras, subirse a un tuk.tuk pensando que tu vida corre peligro a cada segundo que pasa, nadar en playas construidas por el hombre en tierras que antes dominaban los piratas, reír y bromear con gente que probablemente nunca volverás a ver, pero que te cambian y te enseñan; no basta con creer saberlo todo, sino saberse ignorante de muchas cosas para que, lo más insignificante, haga que tu consciencia se mueva y se renueve.

Lo más interesante, y que igual me cambió la perspectiva, es que para ese viaje lleno de experiencias random, no tuve que invertir, solamente poner de mi parte con entusiasmo y saber que el conocimiento no lo hago yo, sino que se construye con la convivencia con los demás, así que, nuevamente, el dinero no es impedimento para encontrarte de nuevo contigo mismo.

Vicente Valdelamar

Tw/insta: @vicgabval

Barco Mundial de la Juventud 2016

#colaboradores #Collaborations #EnEspañol

20 vistas

Hola!

I'm passionate about sharing and connecting with adventures, stories, tourism experiences that allow us to reflect on our place in the world and the way we travel.

 

I want to expand this platform, don't hesitate to email me. I love to hear from other wanderers!

 

  • Black Facebook Icon
  • Black Instagram Icon

This blog is a collaboration of:

IMPETU HUB Travel
Where Anthropology meets Tourism

© 2016 Bitácora Travel Log. Colaboraciones ÍmpetuHUB