• Luis F. Lara

Los uros del lago Titicaca.


En la ribera norte del lago Titicaca, a 3,800 metros sobre el nivel del mar, está situada la ciudad peruana de Puno. Enfrente de ella, sobre el lago, se extiende un ancho pastizal de juncos amarillentos, de uno o dos metros de largo, que cubren una buena extensión desde la orilla. La totora tiene la propiedad de que, en contacto con el agua, la absorbe como esponja y se hincha. A unos dos kilómetros de la orilla se alínean, en medio de las totoras, las llamadas “islas flotantes” de los uros, “gente del agua”. Se ve que la profundidad del lago en esa zona no es muy grande, al grado de que se han trazado y quizá modernamente hasta dragado canales más profundos para que puedan pasar las lanchas. Sin embargo, un jefe de familia uro afirma que la profundidad del lago en donde ellos habitan es de 15 m. Para construir las “islas flotantes” en que viven los uros utilizan raíces de totora y tierra, que forman bloques rectangulares de cerca de un metro de altura, por sesenta cm. de largo y de ancho, para que les sirvan como cimientos; estos bloques no se hunden hacia el fondo del lago, sino que quedan flotando; encima de ellos ponen grandes racimos de juncos de totora con los que forman una plataforma, de cerca de un metro de espesor; algo así como grandes petates gordos y húmedos. Construyen sus chozas encima de ella; en cada isla hay de seis a diez chozas, cuadradas o redondas, con paredes y techos del mismo material. Cuando uno desembarca y pisa las islas, se siente como andar en un colchón húmedo. Nos cuentan que la superficie poco a poco va perdiendo flotabilidad, por lo que cada mes tienen que poner encima más totora. Anclan sus islas con troncos de árbol clavados en el suelo del lago. Por eso creo que no es cierto que tenga, allí, quince metros de profundidad.

Los uros, que hablan quechua o aimara y español (con mucho acento y dificultad), tradicionalmente han vivido allí, separados de los pueblos de la ribera, pescando y tejiendo sus textiles a base de algodón que reciben de sus vecinos, y hoy dedicados a atender al turismo. Llegan a diario decenas de lanchas de Puno, con veinte o treinta turistas cada una, y desembarcan en diversas islas. Los uros son amables y risueños; nos acogen con cortesía; nos explican cómo construyen y mantienen sus islas; nos dejan ver el interior de sus chozas, en donde solamente se duerme. Tienen placas de celdas solares (que les regaló Fujimori) para iluminar sus chozas, usan celulares e internet, tienen varias lanchas de motor y saben comerciar con los tejidos que fabrican.

Parecen contentos, quizá sea esa su forma de vida y no se planteen otra, a pesar de que tienen enfrente la ciudad de Puno, con su tráfico, sus tiendas, su gente. No imagino cuánto tiempo más conserven esa manera de vivir, pues su adaptación a la tecnología es completa y supongo que los jóvenes tratarán de salir de allí. Reconstruir periódicamente sus islas y sus casas, y vivir del turismo y su artesanía, sometidos al frío helado del viento y del agua; a los temporales que, dicen, se ciernen en primavera sobre el lago, no parece, a nuestros ojos, una buena manera de vivir. Los uros nos confrontan con nuestro sentido de la vida. ¿Viven ellos la vida o la vida del planeta pasa temporalmente por ellos, como pasa por el resto del mundo natural? ¿Viven la vida o la vida los vive? ¿Será que nosotros, que creemos que la vida tiene sentido porque la cambiamos, la modificamos, la adaptamos a nuestras aspiraciones, estamos equivocados? ¿Cómo vivir sin sorpresas, sin comodidad, sin arte, sin nuevos pensamientos?

Luis Fernando Lara Puno, Perú; 2016.

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