• Luis F. Lara

Viaje y Turismo.


La posibilidad de viajar que ofrece el mundo contemporáneo, en términos de transporte, de disponibilidad de información, de deseos realizables, es claramente la mayor en la historia del mundo. Se ha reducido la aventura; viajar ya no requiere la audacia de un Malaspina, de un Humboldt, de un Darwin, de un Phileas Fogg. La aventura, que la hay, cuenta ahora con las seguridades de la tarjeta de crédito, del seguro médico, del teléfono satelital y de la existencia de consulados del propio país. La aventura “extrema” que seduce a los jóvenes no depende del viaje, sino del peligro que implica someter al cuerpo a esfuerzos y riesgos desmesurados, irresponsablemente festinados por las fábricas de equipo excursionista. No es la de Malaspina, recorriendo las costas americanas en el siglo XVII, ni la de Humboldt cuando ascendió a la cima del Chimborazo o se fue a buscar las fuentes del Orinoco. Las generaciones jóvenes consideran claramente posible visitar Tailandia o Nueva Zelanda; tomar el sol en una playa de Tahití; ir a China, ascender al Tíbet, encerrarse en un ashram o pasarse semanas recorriendo la orilla del río Ganges, con todo lo que eso implica en cuanto a las costumbres de la India. Esas posibilidades me superan; no tanto por lo que cuestan esos viajes, pues precisamente los jóvenes demuestran que son asequibles, sino por lo que implicarían para mí, de desconocimiento de esas culturas y esas lenguas: estar en una región en donde no entiendo la lengua me produce inseguridad y, además, una desazón permanente por sentirme más “turista” de lo que juzgo aceptable; es decir, por quedar reducido a una presencia ajena y desobligada frente a los habitantes del lugar; como un intruso cuya única justificación es que puede viajar y dejar cierta derrama de dinero a la economía local. Me siento como si cualquier persona en la calle me pudiera interpelar: ¿qué derecho tienes para venir aquí? Pues visitar otro lugar supone interferir en la vida de las personas; a veces, imponerles necesidades de uno; no tomarlas en consideración; otras, mirar un monumento sin ser capaz de valorar lo que significa para los habitantes del lugar; finalmente, disturbar por completo su vida, como sucede en Venecia, en Brujas o en Florencia. Viajo a donde creo que mi presencia honra al lugar; cuando puedo alegar frente a sus habitantes que conozco su lengua, que la respeto; que puedo demostrar mi admiración por su cultura.

Esa actitud, que muchos considerarán equivocada, con justificación, reduce el ámbito de mis viajes, pero me permite gozar y aprovechar lo que visito. Aunque confieso que mi predilección por viajar a Europa tiene un origen familiar y a la vez un sesgo hacia mi necesidad profunda de entender lo mejor posible la historia de Occidente, que es nuestra historia, pues ¿cómo llegué aquí? ¿cuánto de mi propia vida está ligado a esa historia? Leo en el gran ensayo de Pancho Segovia, Jorge Cuesta: la cicatriz en el espejo, la siguiente cita de Bergson: “¿Qué somos nosotros, qué es nuestro carácter sino la condensación de la historia que hemos vivido desde nuestro nacimiento, antes de nuestro nacimiento incluso…? …Es con nuestro pasado todo entero, incluida nuestra curvatura de alma original, como deseamos, queremos, actuamos. Nuestro pasado se manifiesta por tanto íntegramente en nosotros por su impulso y en forma de tendencia, aunque sólo una débil parte se convierta en representación” (de L’évolution créatrice).

Luis F Lara

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