• Mónica Castañeda

Reflexiones en el Desierto


Ir al Desierto de San Luis Potosí había sido un sueño largamente acariciado, la inquietud comenzó en el 2008 cuando a través de relatos ajenos y lecturas imaginaba lo imponente del paisaje. Atraída por la aventura de recorrer esta parte de México pero también por la curiosidad de experimentar con una planta ritual, el anhelo de este viaje se ancló en mi mente como una experiencia de vida.

Me tomó 8 años hacerlo realidad y ver con mis propios ojos la profundidad, magnificencia y esplendor de un paisaje tan único como difícil. Ubicado en la zona del altiplano potosino la zona semidesértica del Desierto de Catorce es considerado la entrada natural al desierto de Chihuahua y dentro de la cosmología del pueblo Wixaritari o Huichol es donde se encuentra la tierra sagrada de Wirikuta.

Para los Huicholes Wirikuta es el lugar del origen de la creación, es un área de 140,000 hectáreas identificada como área natural protegida y sitio sagrado natural. La peregrinación a Wirikuta, se realiza durante los meses de octubre a marzo y tiene como punto culminante la recolección de Hikuri o peyote, cactácea endémica de México cuyo principal alcaloide psicoactivo es la mescalina, que contiene propiedades alucinógenas.

Se calcula que el uso ceremonial del peyote tiene más de diez mil años y de acuerdo al mito, cada peyote es una de las lágrimas que el Dios Venado derramó al morir en su batalla con el Dios Sol. Así, para los Huicholes la planta sagrada tiene un significado ceremonial que se utiliza para entrar en contacto con sus deidades. La peregrinación a Wirikuta es un viaje largo y difícil que tiene un componente iniciático ya que sólo un pequeño grupo de la comunidad indígena es elegido cada año para realizarlo.

A pesar de ser una planta ceremonial para una comunidad, el peyote ha despertado el interés colectivo y ha llevado a cientos de individuos a encaminarse en una suerte de peregrinaje místico hacía el desierto, convirtiendo posiblemente una tradición ancestral en un bien de consumo explotable. Se dice que viajar no es sólo una experiencia física que implica el movimiento de un origen a un destino, viajar también incluye una dimensión mental y emocional en la que la persona en movimiento experimenta un aprendizaje interior a partir del choque de dos realidades culturales distintas, la propia y la del destino que lo recibe. Hoy en día viajar se ha convertido en uno de los bienes de consumo para las sociedades modernas desvirtuando muchas veces la esencia transformadora de la experiencia.

El turismo como fenómeno cultural, social y económico va generando impactos irreversibles en las comunidades receptoras. Desde que escritores y científicos hicieron popular los efectos del peyote la zona se convirtió en un destino para el turista en la búsqueda del desarrollo espiritual o viaje psicodélico. La masificación del consumo de peyote recae en un tipo de turismo “psicodélico” que se contrapone a toda una tradición ancestral del pueblo Huichol. Se estima que el viaje anual a Wirikuta para la recolección del peyote inicio en el año 200 a.c.

Desde mí llegada a Real de Catorce se hizo evidente la explotación turística que se ha dado en relación al consumo de la planta. La palabra peyote comienza a escucharse así como los diversos vendedores que te ofrecen pomadas, ungüentos, tés y tours al desierto para probar o conocer la planta. El misticismo del lugar se relaciona directamente a las propiedades psicoactivas de la planta y a la explotación de esta y de los sitios sagrados del pueblo huichol.

Las historias y personajes en el camino de descenso al desierto están teñidas de matices varios que forman parte del mosaico de visitantes. Desde los especialistas extranjeros que llegan a realizar retiros para tratar problemas del sueño con sus pacientes, pasando por los que han dejado toda una vida detrás en sus países de origen y se han instalado en la zona para embarcarse en el camino de autodescubrimiento a través de la planta medicinal, hasta aquellas historias teñidas de sangre que incluyen muerte y cárcel o que culminan en un trastorno psiquiátrico por consumo del peyote equivocado.

La tolerancia al uso y consumo del peyote es para las poblaciones indígenas de la región, para el resto de la población el uso y posesión de la planta se encuentra penado con prisión, ya que de acuerdo a la Ley General de Salud es una sustancia psicotrópica que constituye un problema de salud pública. El verdadero problema recae en la explotación y consumo irrespetuoso de una tradición sagrada y de una experiencia sin conciencia que ha llevado a considerar el peyote en peligro de extinción.

Sin esperarlo la motivación inicial de ocho años atrás se fue debilitando y pase de la curiosidad a tomar la decisión de ser y estar como una simple observadora del territorio y de mi propia circunstancia. La situación me llevó a comprender que el viaje en sí ya era demasiado vasto y desafiante para ser transformador y sanador por sí mismo.

Después de 4 días de camino hasta el desierto, en el silencio del lugar y tras variados debates internos desde lo intelectual y emocional decidí que no quería vivir la experiencia sólo por vivirla, decidí que aún a pesar de haber leído ampliamente sobre el tema aún habría un desconocimiento de causa que me podría llevar a actuar de manera irrespetuosa hacia mi cuerpo, hacia el espacio real pero sobre todo hacia una tradición ancestral que debe ser velada con respeto y conocimiento de los fundamentos que dan forma al lenguaje y cosmovisión de un pueblo.

En la tradición se dice que es el peyote quien te encuentra si es que estas preparado para conocerlo pero en lo tangible pude ver que la trascendencia del ritual y de la mística que acompañan la toma de peyote se ha desvirtuado hasta convertirse en un bien accesible a la mano de una experiencia turística sin responsabilidad, muchas veces desinformada pero sobre todo irrespetuosa.

Como viajeros actuales en un mundo cada vez más interconectado es necesario devolverle el significado original a la experiencia de viajar, detrás de cada destino debemos reincorporar la dimensión de aprendizaje que nos permite descubrir el lugar con respeto y de manera orgánica sin alterar el orden natural del espacio. Realizar el viaje con consciencia plena del significado y repercusiones de nuestra presencia en el lugar es el primer paso para no continuar perpetuando la destrucción masiva de identidades, costumbres y paisajes.

Mónica Castañeda,

México,

Septiembre 2016.

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