• Vicente Valdelamar

HOY… ¿CASI MUERO?


Hace 5 días acabo de cumplir 28 años e incontables veces he estado cerca de accidentes graves que podrían llevarme a la muerte, desde advertencias comunes y corrientes como resbalones en el baño, ahogarme con comida o fiebres de 40 grados, hasta choques en automóvil, una intervención quirúrgica, ser atropellado mientras voy en bicicleta y atravesar un vidrio accidentalmente; sin embargo, hoy fue particularmente impactante y diferente.

No logro entender si es porque acaban de pasar las fechas de días de muertos, o si estoy en un país que tiene una perspectiva de la vida y de la muerte muy diferente a la que estoy acostumbrado por el contexto en que se vive. Hoy, como muchas otras veces andando en transporte público, un camión mucho más grande, estuvo cerca de chocar donde yo iba tranquilamente pensando en mi nueva vida; una vida que cambió completamente hace dos meses, hace dos meses y 5 días que vivo en Puerto Príncipe, Haití. En estos 65 días he experimentado muchas cosas nuevas, he aprendido de a poco un idioma diferente al mío, me he desenvuelto en un contexto lleno de contrastes, he ido a la playa y he visto más estrellas fugaces en una noche que sumando las vistas en toda mi vida, he visto un arcoíris doble que se pinta sobre el mar, he comido en restaurantes caros que salen del contexto haitiano (lleno de extranjeros, por supuesto) he estado sintiendo frío en una montaña en el Caribe, he estado encerrado por el paso de un huracán destructor y he conocido niños y niñas que no tienen dinero suficiente para comer dos veces al día.

En 65 días he aprendido a valorar la vida de una forma distinta, he aprendido a valorar mucho más el valor de una sonrisa, el afecto de la familia que está lejos, el sabor de la comida que se cocina a varios kilómetros; estoy seguro que esto no lo habría logrado sin viajar y romper mi zona de confort, que si esto me hubiera pasado en la Ciudad de México hubiera sido un día cualquiera con un loco al volante, sin embargo, estar viviendo en otras condiciones permite pensar de manera diferente.

Tal vez es que se cumple el periodo donde se pasa la emoción del inicio y se convierte en nostalgia, pero una cosa es segura: estar rodeado de un contraste tan grande hace que la vida sea un constante cuestionamiento; saber que a pocos minutos de mi casa hay quienes no tienen luz, ni acceso a agua potable, mientras otros viven en la opulencia a pocos metros, mientras los miembros de la cooperación internacional dicen, literal “nosotros no hacemos más que venir a echar fiesta, no necesitamos ni aprender el idioma” con una cerveza en la mano y una sonrisa cínica que cala hasta los huesos, que cala más que el frío, el hambre o la impotencia de ver que día a día la gran mayoría en Haití sobrevive con acceso limitado a las necesidades básicas mientras se gastan millones que no hacen más que mermar la confianza de los habitantes del país en los extranjeros, pues no se nota un cambio en su calidad de vida; un país lleno de propuestas “innovadoras” por expertos que viven en casas lujosas, tiran comida porque es demasiada, se mueven en auto a todas partes (si es que salen de su burbuja y comodidad).

Como una broma de mal gusto (o de buen gusto; nadie lo sabe) como las que acostumbra la vida, decidí terminar el párrafo e ir a dormir como un día cualquiera, no sabía que mi sueño se iba a interrumpir a la mitad de la madrugada para encontrar que alguien había entrado a la casa a robar; es curioso cómo al contar la experiencia algunas personas agradecen por tu vida, otras porque aún tienes tu computadora y otras tantas porque así pasa, pero ya se va a terminar la temporada más insegura del año. La experiencia incluye el robo de un inversor de electricidad (que es como una batería para dar electricidad a la casa) y una bomba de agua, de nuevo es curioso pensar que las cosas robadas atienden a las necesidades básicas de seguridad para una persona y, sí, alguien entró a mi casa, pero es doblemente curioso pensar que los dos somos víctimas del sistema; como por ejemplo, al día siguiente, buscamos hacer una denuncia con la policía y bueno, el fin de la historia se cuenta solo y no requiere mucha creatividad: ineficiencia, protocolos lentos y burocracia sin sentido para terminar con las manos vacías.

Una cosa es cierta, seguimos vivos y no sabemos cuándo nos va a caer la muerte con un espanto o una acción concreta, así que nos queda sonreírle al de al lado y desearnos una buena vida, sin prometer que todas nuestras acciones serán buenas, sino por lo menos, que no afecten a otro.

Al menos eso piensa este simple colaborador.

Vicente Valdelamar

@vicgabval

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