• Ana

Reflexión personal sobre migración


Hace unos años, diez para ser exacta (y qué casualidad que era justo por estas fechas también), me encontraba perpleja viendo el techo de una casa en Champigny Sur-Marne, suburbio de Paris, preguntándome una y otra vez: ¿Qué demonios voy a hacer?

Era Au Pair y había renunciado hacía dos semanas como mi contrato estipulaba, y me quedaba una noche más de trabajo antes de agarrar mis maletas e irme de la casa. Irme de la casa implicaba no tener dónde vivir y dónde trabajar. Tenía 18 años y, la verdad, creo que estaba menos aterrada de lo que me acuerdo.

Diez años después me siento frente a la pantalla para hacer cuentas y ver cuánto dinero puedo gastar al día, y cuánto debo mantener intacto para comprar un vuelo a casa en cualquier momento. Esta vez es diferente, no empiezo un camino de adulta, sino que ya están bien entrados los años, no estoy en un país donde se me complique el idioma el triple, no estoy poco preparada, y tengo suficientes conocimientos y experiencia. Pero estoy lejos. Estoy muy lejos de mi zona cómoda, estoy a 17 horas de diferencia de usos horarios, estoy en otro hemisferio, estoy en otra latitud, en otro acento de otro idioma... Pero tengo dos privilegios: que mi familia me apoya, y que tengo una visa para trabajar legalmente.

Últimamente me he puesto a pensar sobre la migración, de cómo para mi este fenómeno social era abordado por los artículos que leía, las noticias, la gente que conocía, las historias y las películas. Pero para serles sincera, jamás pensé sentirme como migrante. Va a sonar medio feo, pero es la verdad, mi posición socioeconómica me ha permitido viajar por el mundo y educarme a tal grado que nunca he tenido la necesidad de cruzar un rio o un charco en búsqueda de una mejor vida. Y qué afortunada he sido.

Todos los días en las noticias leo sobre migración forzada, violencia y discriminación. Un fenómeno que siempre ha sido tangible en las fronteras de mi país, pero que también es una realidad de la globalización y política internacional en todo el mundo, tan es así que no me cuesta ahora entender la migración como parte de la vida actual. Lamentablemente el mundo está plagado de migración forzada por diferencias en creencias, en clases sociales y económicas, en identidad y en género. Y yo, yo he sido muy afortunada, porque no he tenido que vivirla así nunca. Este escrito podría llegar a ser superficial y poco útil, pero a razón de todo lo que está pasando en Siria, Aleppo, por todos y todas las personas que han tenido que dejar sus casas en Centro y Sur América, y en México, por buscar una mejor vida o por salvar su vida y la de sus seres queridos, he estado pensando cómo a mí me hace sentir la migración. La migración es una realidad y es inútil pensar que a alguna persona que no lo vive directamente no le afecta.

Aclaro, mi posición -ya señalada- es una muy afortunada, pero me quedé pensando, cómo quienes prefieren voltear la cabeza a ver noticias sobre Aleppo (ahora que esta tan caliente el tema) podrían relacionarse con este tema, cómo podría contribuir a sensibilizar a mi círculo circundante sobre la realidad de la humanidad, dejando el activismo facebookero para otros. Cómo podemos nosotros, lejos de las zonas de desastre, ayudar en la situación crítica a la que miles de familias se enfrentan hoy en día.

Hace más de un año tomé un curso de creación literaria y teníamos que escribir una novela sobre un tema que nos apasionara ya que íbamos a estar trabajando en ella los meses consecuentes. A mi novela la titulé: Apatía. Emergida en una adicción a novelas de ficción apocalíptica me dediqué a escribir sobre un mundo en el que la gente se alimentaba de apatía, en donde la violencia estructural era tal que los seres humanos habíamos ya perdido por completo el sentido de solidaridad y empatía. No es que yo lo viera como un escenario futurista poco probable, sino que a raíz justamente de lo que veía día a día podía imaginar sin dificultad un mundo así. Un mundo lleno de horror que se consumía por la violencia en todos sus sentidos.

Apatía (el libro, que espero terminar pronto) es justamente una crítica personal al mundo en el que vivimos. Al mundo que podemos llegar a ser si seguimos mirando de reojo y actuando como mantequilla ante lo que está sucediendo en todas las fronteras del mundo.

Hoy, que me encuentro aquí en la laptop buscando en miles de páginas de empleo, actualizando y rescribiendo mi curriculum para cada tipo de trabajos que pudiera encontrar, me entra una ansiedad al pensar: ¿Y si no encuentro trabajo? ¿Y si venirme a la aventura, así como lo hice fue una locura? ¿Y si no logro juntar los suficientes turnos lavando autos para pagar la renta semanal?...

Todas mis preguntas son completamente estúpidas cuando leo las noticias. Porque soy muy afortunada. Aun así, al no entender de pronto una frase muy local me siento como una extraña en estas latitudes. Cada que me preguntan de dónde soy me confundo un poco por traer el pasaporte belga en la mano, pero siempre honrarme diciendo que soy Mexicana. Pocas veces siento un temor que no logro entender, por ejemplo ¿qué pasaría si llegara a hacer algo incorrecto? ¿Cómo serían las cosas? ¿Me deportarían a México o a Bélgica?

Cuando entré a Australia me preguntaron mil cosas, entre ellas cómo vivía en México (imagínese usted la cara de asombro que me puso la de la aduana). Yo le dije que súper bien jajaja y me preguntó por los cárteles... Luego me preguntó si traía droga en la maleta. Además de sentirme discriminada (porque cabe mencionar que viajaba con el pasaporte belga, pero Bélgica jamás salió al tema) me sentía estereotipada por todas las novelas que el confundido romanticismo y fanatismo por la cultura narco y Netflix, atentamente se han dedicado a promover en el mundo (menos mal la Reina del Sur era una chingona -disculpen la palabrería, pero uno se siente así, bien mexicanote cuando esta fuera del país).

Ahora que busco trabajo me siento vulnerable cuando me preguntan algo muy local, que evidentemente no entiendo con su lingo australiano, y cuando me ofrecen un trabajo casi lo tomo sin considerarlo por la urgencia económica de estabilidad en este país.

Vulnerabilidad. Un concepto tan bello. Aprendí en mi vida que la vulnerabilidad era la razón de tu fortaleza, era quien te empujaba a llegar más lejos, bien parada en tu eje y firme ante cualquier vientiza que la vida te arrojara. La vulnerabilidad me hace sentir un poco atemorizada, pero a la vez a darme cuenta que hay que seguirle luchando, de que uno es capaz y de que tiene la suficiente humildad para seguir adelante en gratitud de contener esa firmeza. Y supongo que así se siente un migrante, total e irreversiblemente vulnerable.

Los admiro, admiro las agallas y la valentía que tienen en salir de sus casas y enfrentar la vida y las injusticias sociales. Admiro y valoro su desprendimiento a las mercancías superficiales y los bienes de consumo y comodidades, por valorar ante todo la propia esencia de la vida. Admiro aún más a quienes anteponen sus creencias sobre su vida y decirle al mundo: por lo menos vamos a morir libres.

Admiro, valoro, pero sobretodo agradezco la vulnerabilidad de todos los migrantes en el mundo, porque me enseñan que Apatía puede retrasarse en convertirse en realidad.

No puedo aún imaginarme la impotencia y el nivel de vulnerabilidad de un migrante indocumentado, o un migrante que fue forzado a exiliar. Agradezco tanto mi estatus migratorio legal, y la oportunidad de conocer mi nueva casa sintiéndome segura y tranquila. Agradezco que fue mi elección propia no volver a casa, agradezco que nadie me forzó y que siempre México me esperará con los brazos abiertos, y que cuando regrese, Australia lo hará también. Agradezco que puedo cruzar fronteras en Europa sin problemas, que puedo considerarme Belga, que soy bienvenida en todos los países a los que me quisiera adentrar... pero no por poseer esa fortuna dejaré de lado mis sentimientos y mi solidaridad con un compañero con otro estatus migratorio.

Ayer estábamos escogiendo una película para ver en la noche y le pedí a mi flatmate que no escogiera una dramática y me preguntó por qué, no me gustan los dramas, le dije, suficiente tenemos con las noticias. Me retuerce el estómago y se me hace un nudo en la garganta al ver la situación de la política internacional (y vaya, ni se diga de la nacional, ésa hasta me genera bilis de más). Se me enchina la piel cuando leo y veo los videos sobre lo que ocurre en Aleppo, de la misma manera en la que me llenaba de lágrimas al ver a los familiares de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, cuando mi amiga Anais me contaba sobre ser salvavidas en Grecia rescatando refugiados, o cuando me contaban lo que sucedió en Acteal, o cuando vi Rojo Amanecer, o cuando pasé por la Plaza Bohaterow en Cracovia, conocer la historia de Vietnam, o el sentimiento de entender y valorar el significado del Monumento al Holocausto en Berlín.

¿Cómo podría un ser humano inhabilitar todos estos sentimientos de angustia y de ansiedad, de solidaridad y de empatía por otros seres humanos, iguales todos a nosotros?

Dicen que Ignorance is a bliss, pero de verdad me cuestiono cómo podría uno ser ignorante ante todo en estas épocas en donde el acceso a la información es tan fácil, y válgame la redundancia, tan accesible. No logro entender a las personas que no se detienen un momento en su día para pensar aunque sea por segundos en lo mal que los hace sentir ser testigo de una injusticia, por mas que sea a través de redes sociales. Tal vez aún tengo fe en la humanidad, pero siento que poco a poco se está perdiendo la empatía, que poco a poco Apatía podría ser más novela histórica que ficción.

Gracias migrantes por hacerme ver que aún existimos rebeldes por ahí, solidarios y empáticos.

Byron Bay a 16 de Diciembre 2016.

#personal #migration

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