• Vicente

Una Isla, Dos dimensiones.


Después de vivir tres meses en Haití, de ir día a día a trabajar en la escuela donde desarrollo mis actividades, fue tiempo de salir de Haití para conocer la otra parte de la isla: la República Dominicana.

Emprender el viaje es como salir a cualquier parte: hacer maleta, despertar temprano, subirse a una moto taxi, esquivar cualquier clase de obstáculos, sudar mucho, escuchar un par de expresiones callejeras clásicas en criollo haitiano como “¡avanze!” o “¡anale vit vit!” (muévete, rápido), muchas bocinas de todo tipo de automóvil, llegar a la terminal, hacer proceso de abordaje y dormir un poco las dos primeras horas de viaje.

Después de unas 3 o 4 horas se llega a la frontera y funciona como cualquier otra frontera: bajar del bus con maleta en mano, escuchar e intentar hablar en español, inglés, francés y criollo (porque son los idiomas más usados en el país), hacer una fila, abrir la maleta, que un extraño observe detenidamente tus calzones y calcetines mientras busca algún tipo de artículo prohibido, cargar la maleta al autobús, sentarse, escuchar tu nombre, hablar con un policía las razones por las que cruzas la frontera, despedirte, continuar el viaje.

Saliendo de Malpaso (nombre con el que se le conoce al cruce fronterizo por donde pasé) hacen faltan unas 5 o 6 horas y algunas pequeñas poblaciones para llegar a la ciudad capital. Ya en Santo Domingo, la cosa se torna “sencilla”: llegar a terminal, tomar un taxi, tener un shock de realidad, ver detenidamente un monumento histórico y observar el lugar donde asesinaron al dictador dominicano, tener otro shock de realidad, mirar el malecón y pensar en la infinidad del horizonte sobre el mar, otro shock de realidad, llegar al hostal e intentar entender lo que acaba de suceder en tan poco tiempo.

Mis shocks de realidad tuvieron que ver con muchas cosas; en un principio la frontera es un punto importante para comprar y vender, así que un gran mercado callejero representa la salida de Haití los jueves y los lunes, aparentemente muy desordenado pero el caos generado por el tráfico, las motos, la gente, el ruido y el polvo parecen ser parte del proceso de compra-venta de galletas, refrescos, gallos, gallinas, arroz, cabras, etc.; pasar entre el tumulto de personas y un sello en el pasaporte tramitado en una oficina austera hecha con la caja transportadora de un tráiler por un amable oficial de seguridad marcan la entrada a República Dominicana, definida por un cambio notorio en la vegetación, a simple vista una mejor infraestructura: las carreteras bien trazadas y conservadas.

Según mi punto de vista, parece que uno tiende a normalizar su situación, así que cosas comunes a las cuales estoy acostumbrado por el contexto en el que crecí, como el servicio de luz pública las 24 horas, caminar tranquilamente por la noche o tener internet en cualquier restaurante, se volvieron una comodidad bien preciada durante mi estadía en Santo Domingo.

Facilmente se ha considerado a Haití como el país más pobre del Hemisferio Occidental y República Dominicana como la economía más fuerte de Centroamérica y el Caribe, pero es más complicado de lo que parece, es una realidad mucho más distante en tan poco espacio de terreno. Al cruzar la frontera las condiciones que se ven a simple vista son tan inconsistentes que parece que uno entra a otra dimensión; las construcciones de casas y escuelas, la contaminación visual, el transporte público e incluso el tráfico en Santo Domingo me generaron muchos cuestionamientos sobre la situación actual del mundo, aunque tuve una representación en un pequeño espacio de tierra de unos 76 000 kilómetros cuadrados (según la confiable Wikipedia). Me fue difícil comprender cómo de un lado de la isla el 65% de la población vive por debajo del umbral de pobreza (según el Banco Mundial, con menos de dos dólares al día), solamente el 40% de los niños pueden acceder a servicios de salud y el fácil acceso al agua potable es un lujo que no tiene toda la población, donde el PIB es una sexta parte que el vecino dominicano; mientras que del otro lado, 95% de niños asisten a la escuela básica según datos de UNICEF de 2011, la tasa de mortalidad es de 5 niños por cada mil nacidos, la meta al 2020 es recibir a 10 millones de turistas, y el nivel de vida es significativamente mejor que el lugar donde habito actualmente.

La isla fue descubierta por Colón en 1492, es fácil notar la influencia española en Santo Domingo: en la zona colonial existen todavía varios edificios construidos por la corona española como conventos, escuelas y hospitales; la primera Catedral del “Nuevo Mundo” se mantiene como una estructura imponente que pretende mantener el estandarte de la colonización a un pueblo arraigado a sus raíces como los taínos. Basta decir que en Haití no me he encontrado nada de eso en buenas condiciones hasta el momento, pues varios edificios antiguos se cayeron tras el terremoto de 2010 (la construcción más antigua en Haití en pie data de finales del Siglo XIX).

En el Museo Memorial de la Resistencia Dominicana se cuenta la historia del periodo del dictador Trujillo donde murieron unas 50 000 personas, contando haitianos, dominicanos y uno que otro colado de nacionalidad diferente por ir en contra de los ideales de tan despreciable ser, con el fin de la dictadura se presentó una oportunidad para mejorar la calidad de vida de los dominicanos, cosa que se tomaron muy en serio.

Después de una reunión en la Embajada Chilena y un fin de semana de descanso, fue momento de volver a Puerto Príncipe y de nuevo, la cosa es sencilla: Despertar temprano, tomar un taxi, llegar a terminal, hacer trámites, subir al autobús y pensar algo así como:

No es que haya viajado mucho en mí vida, pero no logro entender cómo es que existan fronteras que generen odio y desprecio, que sean referente de desigualdad y discriminación si al final vivimos en el mismo lugar, compartimos los mismos dolores de injusticias a través de la historia, compartimos algunos miedos y algunas alegrías sin importar dónde hayamos nacido; deberíamos hacernos más llevadera la existencia, intentando ser justo con las y los otros; velar por mis intereses pero no despreciar los del otro y tantas otras cosas tan chidas que podríamos hacer con un pequeñísimo esfuerzo, pero muchas veces nos centramos en absurdos y parece que sí vivimos en diferentes dimensiones, tal vez no hacemos más que destruir nuestras propias esperanzas.

Después de tan profunda reflexión, intentando sobreponerme a la diferencia de realidad entre los dos países pensé: “Trump es Presidente de Estados Unidos” y parece que la cadena nunca termina…

@vicgabval

#Haiti #Volunteer #reflexión

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